Desde Sevilla.- “La Bienal del claroscuro” (balance)

POR LUIS YBARRA.- La Bienal de Flamenco de Sevilla 2018 echó el telón y ya surgen los primeros balances sobre esta edición. A falta de datos reales acerca de la afluencia de público y el impacto económico causado, quienes han asistido con frecuencia al festival apuntan las primeras conclusiones en el terreno artístico. (Foto: Eva La Yerbabuena por Óscar Romero – La Bienal)

Se confirma, por un lado, lo que dos años atrás advertimos: hay una generación de cantaores que han tomado las riendas de lo jondo. En esta ocasión, Pedro El Granaíno y José Valencia han sido los protagonistas, aunque no se ha apostado de forma clara por otros compañeros en la programación. Tampoco han aparecido sobre los escenarios muchos de los artistas consagrados, con los que el certamen debería tener un compromiso. Calixto Sánchez, José de la Tomasa, Juana la del Pipa, Remedios Amaya y Nano de Jerez dejaron buen sabor de boca, pero sus nombres se diluyen entre los casi 70 espectáculos. Ha faltado cante a raudales y algunas propuestas de muy baja calidad, como la polémica actuación del Niño de Elche en el Lope de Vega, se colaron para eclipsar a otras que sí lo merecían. La Tremendita o David Lagos, por ejemplo, sí triunfaron en el difícil terreno de la vanguardia.

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Un momento del espectáculo de La Moneta. Foto: Óscar Romero (Bienal de Sevilla)

Una Bienal plagada de polémicas insanas, con el baile como protagonista, la guitarra que deja luces y sombras y un cante de enorme calidad al que no le han dejado su espacio.

El baile, como se supo desde un primer momento, ha sido quien ha ocupado los principales escenarios un mayor número de veces. La Yerbabuena, María Pagés o Farruquito, entre otros, confirman que este género está vivo y en él conviven distintas estéticas bajo la misma etiqueta: el flamenco. Aunque ha habido otras propuestas muy criticadas, como la de Rocío Molina o Andrés Marín, que pocos entendieron. Lo instrumental, por su parte, ha brillado con luz propia en las guitarras de Paco Jarana, Tomatito, Antonio Rey, Diego del Morao, Niño de Pura y Manolo Franco, así como en el piano de Dorantes y el sitar de Gualberto. Sin embargo, su exposición ante el público fue desplazada de los grandes teatros a espacios menores. Los solistas sonaron más en el Turina que en el Lope de Vega, y eso significa asumir que lo instrumental está a un nivel menor, cuando es absolutamente falso.

Esta es La Bienal de las polémicas, los falsos intelectuales y la repercusión mediática negativa. No lució lo bueno, que entre tantos espectáculos es bastante, sino lo malo. La ciudad no se implicó como en otra ocasiones, algo que confirman las butacas vacías y la escasa participación en las actividades paralelas, que eran poco atractivas. Los estrenos fueron insuficientes y el ciclo apenas cuenta con producciones propias.

Por tanto, la cita sevillana se convierte así en un claroscuro que ha sufrido sus crisis internas y la inestabilidad de la dirección.

Empieza la cuenta atrás para encumbrar de nuevo a un festival que debería incrementar sus ambiciones.

Por Luis Ybarra, corresponsal en Sevilla

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