Memoria del Compás del Cante (2002): “El Chocolate” (con entrevista a Antonio Carrión)

(Por Luis Ybarra).- El cante hondo en su máxima expresión fue reconocido en la XIX edición de la distinción. Aquel año el galardón honraría a los duendes torreriamos y a los sonidos ajados de otra época. Antonio Núñez Montoya “Chocolate” fue cobre viejo. Tal vez por ello el jurado decidió premiar a una “universidad viva del cante por transmitir en su total pureza un patrimonio cultural a las generaciones posteriores”.

Aquel gitano ennegrecido de Jerez se marchó de su lugar de nacimiento a los 6 años de edad, afincándose en el barrio de El Porvenir de Sevilla. A finales de los años 30, cuando todavía era un niño, el flamenco proliferaba en algunas zonas de la ciudad. De este modo, creció en La Alameda junto a los compases y arreones de algunos de los cantaores más grandes de la historia, como Tomás Pavón, La Niña de los Peines o Manuel Vallejo. Así se hizo testigo de los fandangos personales del Sevillano tras la elegante fatiga del Pinto, siempre que el inalcanzable eco del Gloria les diera paso y cuando Caracol no anduviera en los titiriteos de su bulería. Todo ese cante era oro. Y Chocolate se empapó de él.

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Antonio con Pastora Pavón y Pepe Pinto en el Bar Pinto de Sevilla  

Sus primeros trabajos como profesional, después de actuar en Melilla, tienen lugar en el llamado Casino de la Exposición de Sevilla, cantando de manera asidua. Más tarde marcha a la capital, al Corral de la Morería, donde le brindaría el dolor de su gaznate al baile de Farruco, su cuñado. Y de vueltas a la ciudad en la que Sordillo de Triana, su primer maestro, le enseñó toda una escuela de soleares y adoquines, entró a formar parte de diferentes compañías. Entonces cruzó los océanos para llevar su arte por Europa, América y Japón.

A principios de los años 60, El Chocolate comenzó su carrera en solitario, dejándose ver por los festivales junto a las primeras figuras del flamenco. Cabría destacar que optó a la III Llave de Oro en el Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba en 1962. Además de ganar el premio Pastora Pavón y obtener una primera posición en el VII Festival de Cante Jondo de Mairena. Su carrera se ya se había lanzado. Desde entonces, recorrió el mundo en continuas giras y formó parte de los ciclos y festivales de mayor importancia. Se le consideró un referente para las generaciones que empezaban a formarse y dueño de un estilo del que solo él tenía la llave.

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En su garganta se encontraban las uvas de Jerez con el aire de la Alameda y Triana. Chocolate fue el que amortajó una seguirilla de Cagancho recordando a Manuel Torre. Pero también el cantaor que miraba a la primera fila en las actuaciones para que su mujer le chivara las letras de los fandangos cuando se le olvidaban. Sin duda, un personaje singular. Cantaor de humilde grandeza. Eco anquilosado en otro siglo. Gañafón crudo, sin caricias, con sangre y pocos adornos.

En el mes de julio del año 2004, con el mismo calor denso que forjó sus formas cantaoras, se marchó por la vereda de la agonía. La luz amarilla del verano tomó un color cetrino y el cielo se apagó tras los candiles de la tarde. Un llanto sonó en La Alameda, y su queja, después de ronca, quedó muda.

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Desde Los Caminos del Cante, agradecemos a Antonio Carrión, “El Carri” para Chocolate, su amabilidad a la hora de compartir las vivencias de 12 años tocándole sobre los escenarios.

Entrevista Antonio Carrión

– P: ¿Cómo conociste a Chocolate, Antonio?

Antonio Carrión: No recuerdo el año, porque hace ya muchos, pero fue en el Festival de Montilla. Yo le toqué a José Menese, y Chocolate estaba por allí. Le gustó cómo soné con Menese y en los camerinos me dijo que le acompañará un poquito. Después empezó a llamarme de vez en cuando para trabajar y, al final, me pasé 12 años con él.

– P: ¿Era difícil acompañarle con la guitarra?

R: Sí, era dificilillo porque era algo quisquilloso con todos los guitarristas. Había que hacerle lo que él quería y no entretenerse demasiado en las falsetas. Yo le hacía un compás detrás de otro y las falsetitas cortas. Pero, en realidad, así es como tiene que ser la guitarra para acompañar, ¿no? Últimamente muchos hacen unas falsetas kilométricas y eso enfría al cantaor. Él no podía con eso.

– P: ¿Qué es lo que tenía que lo hacía único?

R: Tocarle era un gustazo. Por ejemplo, en los fandangos era una auténtica sentencia. Por soleá y seguirilla se acordaba mucho de Tomás Pavón. Además las letras que hacía eran maravillosas, bonitas y directas. Tenía un sello único por tarantos. Dolía mucho en la serrana, que también era uno de los palos de su repertorio habitual. Aunque no se le escuchaban muchas alegrías y este tipo de cantes, sí hacía unas bulerías muy especiales. Eran una especie de jotas aragonesas a compás de bulería. Y, por supuesto, los cantes de fragua los interpretaba perfectamente.

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Antonio Carrión acompañando a Chocolate

-P: El gran público no conoció a este hombre bajo los escenarios. Tú viviste muchos momentos con él, ¿cómo era Chocolate?

R: La gente creía que tenía un carácter serio, pero yo me he hartado de reír con él en los viajes. A simple vista daba mucho respeto, pero después era muy tratable, se reía mucho y se llevaba bien con todo el mundo.

– P: Para terminar, ¿alguna anécdota de esos viajes?

R: Hay una que la he contado alguna vez, pero merece la pena recordarla (risas). Es la anécdota de la botella: Íbamos a hacer una gira de París a Londres, y luego a Nueva York. Entonces en el aeropuerto de Sevilla, compró una botella de whisky para los camerinos. Total, cuando llegamos a París, él salió del hotel muy bien trajeado y con su pedazo de botella. Pero cuando llegamos al camerino del teatro, allí había gloria bendita: comida, bebida y de todo. Entonces cuando terminamos de actuar se volvió para el hotel con su botella. Al día siguiente, ya en Londres, salimos para el festival, y él seguía con la botella bajo el brazo. Pero, claro, otra vez en el camerino había de todo y tampoco la tuvo que abrir. Al otro día llegamos a Nueva York, que estaba nevado, y nos montamos en una limusina. Cuando estábamos sentados y fue a abrirla, el chofer le dio a un botón y sacó otra botella con dos vasos. Total, que tampoco la abrió. Cuando nos bajamos, antes de entrar en el hotel de allí, se resbala, da contra el suelo y parte la botella. Después de tantos kilómetros con la botella en la mano… Y ya por último, cuando estábamos actuando esa noche, gritó alguien del público: “¡Antonio, la botella!”, refiriéndose a la letra del conocido fandango del cantaor, pidiendo que lo hiciera. Pero este se creyó que se lo decían por el whisky. Me miró muy serio y dijo: “Oju, la botella. ¡La que le voy a dar!”.

Luis Ybarra.

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