Memoria del Compás del Cante: “Manuel Morao, 2001” (incluye entrevista)

Cultura Flamenca

Por Luis Ybarra.- Después de siete años sin ser reconocida por la distinción de la Fundación Cruzcampo, en la XVIII edición la guitarra volvió a ser la protagonista. Manuel Morao, uno de los máximos exponentes del toque jerezano, recibiría el galardón en el Hotel Alfonso XIII de Sevilla acompañado por muchos de sus paisanos; dicen que Jerez hizo de los salones del hotel un tabanco rancio de Santiago.

Manuel Moreno Jiménez, conocido como Manuel Morao, nació en Jerez de la Frontera en el año 1929 dentro de una familia que le haría distinguir entre el arte, que empapa todo lo que va del pensamiento a los bordones, y la técnica, que permite su ejecución. De este modo, las continuas visitas del guitarrista Javier Molina enriquecerían su toque y le harían, poco a poco, sentir a la guitarra como una extremidad más de su propio cuerpo.

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Foto: Manuel Morao con Javier Molina (sentado). Propiedad de Manuel Morao y publicada en su libro “Sinelo Calorró” de sus conversaciones con Juan Manuel Suárez Japón

La profesionalización de Manuel estriba entre Jerez y Sevilla, y más tarde Madrid. Con tan solo 12 años de edad empieza su inmersión en las ferias y fiestas de la zona, donde conocería a guitarristas como Niño Ricardo o Melchor de Marchena y a los cantaores más importantes de la época: El Niño Gloria, Pepe El Culata, Antonio Mairena, Manolo Caracol, La Niña de los Peines, Tomás Pavón o incluso Juanito Mojama, tal y como reveló en el I Congreso Internacional de Arte Flamenco de la UCA.

En los años 50 se posicionó como la primera guitarra del Ballet de Antonio el Bailarín. En ese momento, continuaría desarrollando su lúcida y personal concepción de la guitarra de acompañamiento. Se fue haciendo con una excelsa discografía, tanto acompañando como solista. Apareció en 35 grabaciones de espacios televisivos, entre ellos algunos capítulos de “Rito y Geografía del Cante”, y en 9 películas, como “La Niña de la Venta”. Además de todo esto, habría que reconocerle la creación del ciclo “Jueves Flamencos“. En aquel entonces se celebraba el quinto día de la semana, pero el evento ha llegado con fuerza hasta nuestros días.

Años más tarde, en los 80, con el reconocimiento de toda la afición después de innumerables actuaciones, decide fundar “Gitanos de Jerez”, con la intención de potenciar y dar a conocer artistas de la tierra; así se promovieron cantaores como El Torta o La Macanita. El compromiso de Manuel Morao con el flamenco fue más allá de lo artístico. No solo pretendía hacer disfrutar del sonido de su guitarra, en el que se resumen varias décadas de cante y toque, sino desgajar cada tono, cada eco, cada resquicio de su memoria para ofrecérselo al público. Por eso su legado y su escuela son tan importantes. Porque siempre ha querido compartir la esencia que guarda el mástil de su bajañí.

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Con su sobrino Moraíto y elegante sombrero. Foto para la película “El Cante bueno duele”  de Ernestina Van de Noort con la dirección de Martijn Van Beenen para el canal de la televisión pública holandesa NTR

Esa madera, airosa, jerezana y doliente, optó por prestar silencio con la edad. Manuel Morao reside en Jerez, donde la boca de su sonanta se tragó el eco amontillado de Tío Borrico, una seguirilla ensangrentada de Terremoto y el azúcar cande que le derramó La Perla. Quien lo probó lo sabe. Que sea él quien hable.

Entrevista con Manuel Morao

  • P: ¿Qué recuerdas de las primeras fiestas y ferias en las que empezaste a tocar? Allí conociste a los más grandes.

Manuel Morao: Eran los puntos de trabajo que teníamos los flamencos en aquella época: las ferias, las casas particulares y ventas. Allí desarrollábamos nuestra profesión.  Llegué a tocarle varias veces a la Niña de los Peines y a Tomás Pavón, por ejemplo. La Niña empezó  a dedicarse a los espectáculos más temprano, pero Tomás, el pobre, se pasó la vida en las ventas. Estuvo mucho más que su hermana buscándose la vida. Él paraba mucho en el Charco de la Pava, en Sevilla. Y allí lo conocí.

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Tío Manuel es un patriarca gitano respetado por todos y con una gran elegancia. Foto del libro de Juan Manuel Suárez Japón “Sinelo Calorró”

  • P: En el Congreso que se le dedicó a Juanito Mojama el pasado mes de octubre de noviembre de 2015, revelaste que lo conociste, ¿cómo fue aquello?

R: Eso fue en el año 1946. Fui por primera vez a Madrid, al Colmao Villa Rosa, en la Plaza de Santa Ana. Por allí se buscaba Mojama la vida y así lo conocí. Había un gran ambiente de cantaores, artistas y toreros concentrado en una zona muy concreta de Madrid. La primera vez que lo vi fue en una taberna que se llamaba Casa Pololo. Como los dos éramos de Jerez y yo muy joven, nos dimos a conocer. Y él fue quien me dijo que me fuera por las noches a Villa Rosa para trabajar, así que también lo acompañé muchas veces.

  • P: Durante tu vida has apostado mucho por la juventud, por ayudar y promocionar a cantaores y artistas de tu tierra, ¿cómo vienen las nuevas generaciones?

P: Yo he trabajado por la conservación. Lo que he hecho ha sido enseñar y tratar de transmitir la autenticidad de lo que se hacía antes. Las generaciones nuevas son algo diferente. No digo que sean malas, ni muchísimo menos, pero es otro producto. Recuerdo a los cantaores antiguos de los que antes hablábamos, y eso era otra cosa. Lo que tendría que haber hoy es una mayor profundidad, un fondo, que a veces falta y hace que nada suene convincente.

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Manuel Morao en su prodigiosa etapa como guitarrista en activo

  • P: Siempre has tenido una concepción del instrumento muy concreta, ¿cómo entiendes la guitarra flamenca?

R: La guitarra es un instrumento que nace para el acompañamiento del cante. Nace mucho después, por supuesto. Antes los gitanos cantaban con palmas o a golpe de nudillo. Entonces mi concepción está vinculada a la guitarra como instrumento para acompañar. Y ahí está la dificultad: en saber hacerlo bien. El acompañamiento se basa en una conversación entre el que canta y el que toca. Hoy eso se ha convertido en una conversación en la que cada uno habla un idioma. Por lo tanto, ni se entiende uno ni se entiende el otro, pero como se ensaya y se practica se llega a un entendimiento teórico. Esa es la gran diferencia. Hay casos y casos, no quiero generalizar, pero eso es lo que muchas veces veo, y lo que debería ser es un diálogo entre dos. Esa es mi filosofía.

 Luis Ybarra

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