Programa.- A Juan Moneo “El Torta”, el duende sonámbulo…

No podía ser de otro modo… Mientras muchos preparan sus uvas de la suerte nuestro cartucho todas las nocheviejas se llenarán siempre de los cantes de nuestro añorado Juan Moneo “El Torta”. El que nos hacía sentir preguntando al sol y al mar, al aire y a los perros vagabundos de la calle. ¡Hasta siempre “duende sonámbulo” de los cantes! (Foto: Jean Louis Douzert)

Este año hemos querido acordarnos de él con recital que tuvo lugar en La Peña de La Bulería, el 19 de marzo de 2010 en compañía de Domingo Rubichi. Siempre en el recuerdo…

Nota técnica: Hay momentos en la grabación que está un poco bajo el volumen pero venía así de la grabación original que hemos encontrado en nuestra bodega sonora y ha sido muy díficil arreglarlo. ¡Pero bueno… a disfrutar del recuerdo se ha dicho! ¿Cuándo el cante bueno ha sido perfecto?

Escucha o descárgate el programa aquí:

http://www.ivoox.com/programa-y-despedimos-ano-recordando-a-el_md_9932324_wp_1.mp3″ Ir a descargar

 

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“Un ángel llamado Juan, un demonio llamado Torta”

 Quienes lo conocimos bien podemos concluir que Juan Moneo Lara estaba poseído. Dicho de otro modo, en su misma persona cohabitaban dos seres opuestos manteniendo una compleja relación llena de luchas interiores, elevadas contradicciones y un alto porcentaje de auto destrucción.

Esa fricción emocional que se producía entre Juan Moneo y El Torta hacía saltar chispas de dolor en forma de emociones encontradas a través de su cante. Ahí su letal poder de transmisión.

Por un lado estaba ese Juan risueño, rimando gracias surrealistas, y tan inocente como un niño grande. Pero también, ese Torta que aparecía cuando Juan se sentía indefenso ante la polvareda de su ingenuidad y lo poseía con una fuerza descomunal. Entonces comenzaba una lucha salvaje que solo se mitigaba empleando el exorcismo de su arte y terminaba siempre, mejor o peor, vomitando un cante nervioso e hiriente.

El Torta entraba en Juan y cuando lo hacía cantar lo retorcía; le agitaba los puños como pegándose con algunos dedos entrelazados; le abría el pecho en canal; le subía los pantalones hacia arriba… Lo convulsionaba hasta tal extremo que al terminar el cante Juan nunca sabía dónde estaba, ni qué había pasado.

Y en ese trance, en realidad lo que pugnaban dentro de él era un trozo de cielo y otro de infierno, separados en décimas de segundo así fuera el pulso. Juan buscaba amaneceres blancos, a su madre en una barca desde Cádiz a Gibraltar, amores puros y flores lilas… El Torta se empeñaba en transitar noches oscuras con aquella mala compañera que conoció en el barrio, bares, esquinas, ciegos y vacilones…

tortaport

En realidad él se quedaba vacío en el banco solitario de su existencia, nosotros éramos los que recibíamos esas batallas internas, que él perdía siempre, en forma de un cante enduendado y lleno de las descargas chispeantes de unas letras que en cierto modo eran una crónica de sus propias desdichas.

El cielo de Juan, el infierno de El Torta.

El cante que cura y el cante que hiere a medio milímetro de distancia por tener un pie en una nube y otro en las tinieblas.

¡Hasta siempre Juan! ¡Hasta siempre Torta!

Gracias por hacernos soñar y sentir contigo en esta tu última noche que me temo será ya más larga que la muerte con la que siempre mantuviste un pulso sin igual.

José María Castaño

 

 

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