Memoria del Compás del Cante 2004: “La Paquera de Jerez”

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(Por Luis Ybarra. Contiene entrevistas a Alfredo Benítez y Tomasa Guerrero “La Macanita”).-  La siguiente reunión del jurado de la distinción no tuvo lugar hasta el mes de febrero del año 2004. Con motivo de la celebración del primer centenario de la cervecera, que coincidió con la XX edición del premio, se decidió que el Hotel Alfonso XIII dejaría paso a los Reales Alcázares.

Y en tan espectacular enclave ese año se convocó a invitados y medios de comunicación   para hacer entrega del galardón a La Paquera de Jerez, así como distinguir a la revista El Candil por su contribución en la investigación y difusión del Arte Flamenco. Sin embargo, el destino quiso que se llevara la estatuilla a la gloria, y la jerezana falleció unos días antes de la fecha en la que estaba prevista la ceremonia. “El Compás” se vistió de luto.

Francisca Méndez Garrido nació en el mes de mayo del año 1934 en un barrio muy señalado de la ciudad que coloreó su apellido. Era el barrio de San Miguel de Jerez. Allí, donde la uva se hace cante tras la vendimia, escuchó los primeros ayeos a compás de bulería. Poco a poco fue introduciéndose en las fiestas privadas de la zona para aliviar las penurias de una dura posguerra. Y así sus infinitos dotes para el arte se fueron curando hasta la década de los 50, cuando graba su primer disco. La voz de aquella gitana tenía la fuerza de una candela viva adornada con el rizo hiriente de Caracol. Se avecinaba el resquicio de lo que con el tiempo sería.

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La Paquera brindando con Manolo Caracol

Fue en el 57 cuando estremeció con su “alialianda” en el Corral de Morería de Madrid. Después recorrió el país con su primer espectáculo “España por bulerías”, donde trabajó con Chocolate, Juanito Maravillas y Farruco. De ahí pasó a formar parte de diferentes obras, y los tablaos se rifaban aquel torrente de genialidad y brío. Luego llegaron los festivales y La Paquera se convirtió en un icono, porque era una obra de arte en sí. Un monumento que se fraguó en una pescadería jerezana para ser degustado por el mundo.

Si analizamos su discografía, entendemos que es difícil destacar alguna de sus obras; abarcó todo lo que va del Levante a la onubense estatua de Colón. Ella era bulería, pero también fandango. Era soleá, zambra y cantiña, además de copla. Tenía en su laringe un homenaje a la emoción, al virtuosismo natural. Llegaba a tonalidades soñadas y casi dejaba a los guitarristas sin madera para acariciar los bordones. Era un caudal de los que crean escuela. Un pozo de voz en el que se encontraban los recuerdos de todo un pueblo. Por eso conectó con la gente. Porque su gañote era un sentimiento compartido.

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La Paquera en una pose habitual de su cante

Hasta la vejez, las facultades de aquella gitana no se vieron mermadas. Así se muestra en el documental “Por oriente sale el sol”, donde se narra el viaje a Japón que realizó unos años antes de su muerte. En 2004, a los 70 años de edad, se marchó con la soleá de la madrugada, buscando los luceros del arte y del duende. Y de las estrellas me quedo con una: la tuya, Paquera, porque es diferente.

Desde estas líneas agradezco a La Macanita, que trabajó y convivió junto a la Reina de la Bulería, y al maestro Alfredo Benítez, que ha compartido con nosotros su exquisita y natural forma de explicar el cante, el tiempo que nos han dedicado.

Entrevista a La Macanita

– P: Buenas, Macanita, tu estuviste en numerosos espectáculos con la Paquera, ¿cómo era trabajar con ella?

La Macanita: Yo he vivido con ella una experiencia muy enriquecedora. Me ha aportado muchas cosas positivas. Ella era una gran persona, y como ser humano la conocía muy poca gente. Yo tuve esa suerte. Era maravillosa y cariñosísima conmigo. Me daba pena que algunas personas la consideraran una analfabeta. En absoluto era analfabeta. Sabía lo que hacía y cómo lo hacía. Entendía muy bien las cosas y eso le bastaba. Es cierto que tenía un carácter fuerte. Era muy temperamental, como su cante. Cuando murió se nos fue una artista por los cuatro costados con una sensibilidad extraordinaria. No pasa un día en el que no me acuerde de ella.

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Tomasa con La Paquera

– P: Ella dejó su huella en muchos artistas de hoy. Tú misma…

La Macanita: Sí, yo misma tengo muchas cosas de ella. Pero nunca he pretendido imitarla, la Paquera es la Paquera y la Macana es la Macana. Y ella era tan grande que creó escuela, claro. Ahí están sus familiares que tienen muchas cosas suyas. Está su sobrina Paca, y Manuela (La Chati), que desgraciadamente ya no está. O Jesús y José Méndez, que también son paqueros. Además de todos los jóvenes que siguen escuchándola y aprendiendo de ella.

Entrevista a Alfredo Benítez

– P: Buenas, Alfredo. ¿Cuáles son las fuentes en las que bebió La Paquera?

Alfredo Benítez: Las fuentes siempre son difíciles de encontrar. Aquí en Jerez ha habido una transmisión de boca a oído. La universidad ha estado en las familias y los barrios. Casi todas las fuentes, sobre todo en las casas gitanas, corresponden a un aprendizaje directo. Entonces esas fuentes son los padres, abuelos y vecinos. Y la familia de La Paquera estaba inmersa en ese mundo del cante. Otra cosa es que después se haya enriquecido escuchando a otros cantaores. Por ejemplo, no se podría decir que Caracol sea una fuente en La Paquera, sino una aportación posterior.

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Monumento a La Paquera en La Plazuela de Jerez


– P: Dicen que era la reina de la bulería, pero fue una cantaora larga. ¿En qué palos la destacarías?

Alfredo Benítez: Su cante no era excesivamente abigarrado y se le tachaba de festera nada más. Hay quien ha dicho que no sabía cantar por seguirillas, pero eso es una manifestación errónea, porque la seguirilla no se canta, es una transmisión emocional. Tiene un componente dramático que hay que expresarlo muy bien. Entonces hay cantes muy arraigados en Jerez, como la soleá, las bulerías para escuchar o las tonás, en los que es difícil alcanzar cierto grado de transmisión. Hay que ser un ser muy extraño para poder llegar a ese nivel. Y La Paquera cantaba con dignidad. No se puede decir que lo hiciera mal porque en esos cantes no llegara a los niveles de transmisión que alcanzaron artistas como Terremoto, Agujetas o Tío Borrico. Ahí no llegaba ella. Pero, claro, como tenía unas facultades extraordinarias, lo hacía más que aceptable y transmitía. Era una hermosura escuchar su cante musicalizado. Por ejemplo la soleá, que es un cante muy profundo, lo musicalizaba y lo hacía más bello.

– P: La Paquera era única. ¿Qué es lo que le diferenciaba del resto?

Alfredo Benítez: Ella utiliza un recurso muy humano. Explota una facultad natural que tenía. Era una superdotada, se podría decir. La Paquera se hace mayor y sigue teniendo una potencia en la voz incalculable. Y ella hace valer eso. Su volumen de voz le permitía llegar a donde quería sin cansarse. Era una artista temperamental. Su cante tiene un porcentaje varonil. Se pelea con lo que canta y lo siente. Y ahí está su secreto. No es una señora dando voces, sino un sentimiento nacido y vivido, auténtico. En las familias vivían lo que contaban, y eso hacía esta mujer. De facultades estaba sobrada, pero no es solo eso. Cada sonido que emite tiene un sentido emocional, tiene una vivencia. Y eso es lo que la distingue de otros cantaores que también han tenido buenas facultades.

Luis Ybarra

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