El esperado momento del adiós, y no por ello menos doloroso, del amigo y cantaor Enrique Soto Sordera me cogió en pleno viaje desde Jerez a Pamplona para participar en el Festival Flamenco On Fire. Además, en un tren que no tenía wifi para conectar el ordenador. Así como pude hice alguna nota para las redes sociales a través del móvil, pero debía a Enrique y su querida familia una pequeña nota de condolencia en nuestros caminos del cante. (Enrique, junto a Nono Jero en la Bienal de Jerez | Foto de Paco Tana)
La última vez que coincidimos fue en la entrega de los Premios Nacionales de La Cátedra de Flamencología de Jerez, allá por el mes de noviembre del año pasado. Con toda justicia a Enrique le obsequiaron con la Copa Jerez de Cante por su trayectoria. Siempre me gustó su saber estar y esa nobleza heredada de sus padres, Manuel y Lela, que compartía con sus hermanos.
En mi libro De Jerez y sus Cantes (Almuzara, 2007) le dediqué una separata en el apartado ‘Jerez – Madrid – Jerez’ para los cantaores que habían desarrollado buena parte de sus carrera en la capital del Reino. Si bien, en su caso particular habría que sumar la ciudad de Sevilla. Así reza la página del libro a él dedicada:
«Como sus hermanos, el primogénito marcha a Madrid a mediados de los años 60 y se busca acomodo en la amplia baraja de tablaos flamencos de la capital. Comienza a trabajar en El Duende, luego Canasteros y Las Brujas, donde entró en contacto con la disciplina y el aprendizaje de los grandes maestros. Su debut hay que cifrarlo a la edad de 16 años, cuando en Barcelona le cantó a su paisano Fernando Belmonte, el creador del ballet Albarizuela, en un espectáculo organizado por los incombustibles Juanito Valderrama y Dolores Abril».
«En 1970, recala en el conocido tablao Arco de los Cuchilleros, finalizando su periplo en este tipo de establecimientos en Café de Chinitas, Las Brujas y El Corral de la Pacheca, donde va a conocer a su esposa, la bailaora Carmen Mendiola. Todo este bagaje le dotó de unos amplios conocimientos y de unas tablas impresionantes. Todo, unido a su impecable registro de voz y su cabal ejecución de una amplia baraja de cantes, trajo como consecuencia que las grandes compañías del baile se fijaran en él con los ojos cerrados. Su seguridad en los escenarios es notable. Tras rular con las más importantes compañías, se instaló en Sevilla y llegó por fin al valioso ballet de Eva la Yerbabuena, donde es una pieza fija».
Recuerdo como su padre, el añorado Sordera de Jerez, destacaba que su hijo Enrique tenía el eco más flamenco de todos sus hijos aunque también afirmaba que Vicente era el más completo y José el más artista sin desmerecer los chispazos de flamenquería de El Bo.
En efecto, Enrique Soto tenía un metal muy apreciado por todos los aficionados y pese a que podría haber sido una gran figura se dedicó más a cantarle al baile, aunque frecuentó, siempre con éxito, peñas y festivales. En especial, sus acompañamientos fueron destinados a Eva la Yerbabuena de cuya compañía fue un fijo sin discusión, como se dicec ut supra.
Dejó tres discos de larga duración: Como lo siento (1996), Compás (1996) y Herencia (2005), que junto a un directo, que tenemos suyo de la peña Tío José de Paula nos servirá para dedicarle en breves fechas un pódcast como Dios manda.
Descanse en paz el bueno de Enrique Soto Barea, Sordera por la gracias de Dios. Nuestro más sentido pésame a familiares, allegados y amigos. Aquí por soleá con su Tío Enrique Manuel y sus hermanos en un antiguo programa de Canal Sur:

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