Nuestro homenaje radiofónico a Pierre Lefranc (entrevista con Ramón Soler)

Coincidimos con él ya hace algunos años gracias al amigo común Ramón Soler quien también nos diera la triste noticia del fallecimiento de Pierre Lefranc, un grandísimo aficionado francés al que debemos una serie de valiosísimas grabaciones de principios de los 60 del ya pasado siglo. (Foto: Pierre y su señora Yane en Los Juncales de Jerez, acompañandolos Andrés González de Málaga y al fondo se puede identificar a Ripoll y a quien suscribe, JMª Castaño)

Una labor de campo que consiguió grabar testimonios sonoros de intérpretes como Juan Talega, Manolito de María, La Perla de Cádiz, Paulera El Viejo, Santiago Donday o Tío Borrico… entre otros muchos. Este es nuestro homenaje a Pierre Lefranc, especialmente dedicado a Yane quien fuera su esposa y compañera. Muchas gracias como siempre a nuestro amigo Ramón Soler siempre presto a participar en Los Caminos del Cante.

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Memoria del Compás del Cante (XIII): “Matilde Coral, 1996”

(Luis Ybarra).- En la XII edición de la distinción, el jurado señalaría en su mención especial a La Cuadra, de Salvador Távora, “por su permanente respeto y aportación a las raíces dramáticas del Flamenco”. El galardón del Compás del Cante, por “su trayectoria artística, seriedad profesional y magisterio en la formación de nuevas figuras”, se abriría paso entra las manos que guardan la esencia de un barrio, las de Matilde Corrales González, Matilde Coral.

La que dio nombre a la llamada escuela sevillana de baile nació en Triana, en la antigua Plaza de Chapina, a comienzos del verano de 1935. Al igual que sus hermanos Manuel “El Mimbre” y Pepa Coral, desde esa otra orilla del flamenco donde soñaban artistas y poetas, gitanos y alfareros, se empaparía de río y baile en el balbuceo de su vida.
Manuela Vargas y Matilde Coral, foto del 1954

Foto de 1954 en la que se reconocen una jovencísimas Matilde Coral y Manuela Vargas (de elpatiosevillano.com)

Sus primeras pinceladas artísticas tuvieron lugar en el cortijo El Guajiro, icono de la fiesta sevillana del siglo pasado donde conoció a quien sería su marido: el bailaor Rafael “El Negro”. En 1957, se traslada a Madrid al tablao El Duende, que pertenecía a Gitanillo de Triana y Pastora Imperio, quien se convertiría en una de sus principales maestras. Más adelante comenzaron los viajes con las compañías por todo el mundo, junto a figuras como José Creco o Alejandro Vega. Con Rafael “El Negro” y Farruco formó el histórico trío de “Los Bolecos”.

Diez años después de su llegada al tablao madrileño, en 1967, se introduce en la docencia con una academia de flamenco y danza en Sevilla. En aquellas aulas, se formarían algunas de las primeras figuras del baile, como Pepa Montes, Loli Flores, Milagros Mengíbar o Merche Esmeralda. Basta con decir estos nombres para entender la importancia de aquella academia en la que se transmitió una forma única de concebir el baile. Un baile susurrado y femenino que tiene sus cimientos en Pastora Imperio. Un baile que coquetea con los hombros las cosas del corazón. Un baile en el que las manos se mecen como papeles en el aire, entre flecos de mantón y cuerpos de poesía. Un baile de detalles, de sonrisas, de belleza. Y un baile que podría haber llevado Coral en alguno de sus apellidos, pero prefirió llamarse sevillano.

Los Bolecos. Matilde Coral, Farruco y El negro

Foto Matilde Coral con Farruco y El Negro (Los Bolecos)

Toda aquella delicadeza quedó reconocida en 1972 con la única Llave de Oro al baile. A este premio le seguiría una extensa vitrina de distinciones, donde se haya la Medalla del Rey San Fernando, el mencionado Compás del Cante, dos Premios Nacionales de Danza o la Medalla de Oro al mérito en la Bellas Artes, entre otros. En 1988 fue nombrada trianera del año. Y hoy la plaza que le vio nacer lleva su nombre.

En la actualidad, el baile no reside en sus manos, sino en su memoria. Si bien, podemos palpar su esencia en numerosos documentos audiovisuales, como la película Flamenco de Carlos Saura o algunos videos del archivo de TVE.

Matilde Coral pintó jazmines en el cielo de Sevilla. Supo captar el barroquismo y la gracia de una ciudad, de una escuela, para convertirse en su emblema. Y arrojó a la luz a una generación de bailaoras para continuar dibujando con el baile. A ver, esas manos como palomas.

Matilde Coral en una de sus últimas actuaciones

Foto Matilde Coral bailando mayor

Desde Los Caminos del Cante, queremos darle las gracias a la maestra Matilde Coral, quien nos ha dedicado parte de su tiempo para rebuscar entre los anales del baile.

Entrevista a Matilde Coral

– Buenas, Matilde. En primer lugar me gustaría que nos contaras algo acerca de Pastora Imperio. ¿Cuál es tu recuerdo hacia ella?

Matilde Coral: “El descubrimiento de mi forma de ser y de comportarme por el baile. Yo bailaba pero nunca creí que podría plagiar de una manera tan profunda la figura, las formas en el aire, los brazos, la cabeza, la cadera… Yo la vi y dije para mí: esto es lo que yo quiero, este es mi baile. Por lo tanto, fue el descubrimiento de América, pero se llamaba Pastora Imperio”.

– ¿Y qué hay de aquellas clases que comenzaste a impartir en el año 67 de las que salieron grandes artistas?

“Ha salido mucha gente, pero personas agradecidas hay pocas. En este país, parece que tener maestro es algo malo. Todos quieren ser autodidactas. Quieren decir que todo lo han parido ellos, lo han hecho ellos… Pero, por desgracia para ellos, el magisterio de un maestro, valga la redundancia, es maravilloso. También hay mucha gente que me quiere y que dice: yo he estudiado con doña Matilde Coral. Porque yo enseñé a mis alumnas lo mayor que puede tener una persona, que es la disciplina y enamorarse de lo que hacen”.

Matilde Coral dando clases

Foto Matilde Coral dando clases

– Eso es otra cosa que me gustaría preguntarle. ¿Hay algo que tenga que tener una bailaora para que a usted le guste, le llegue? ¿Cuál es la esencia de ese baile de mujer?

“(Risas). Es difícil de explicar, pero no tengo más remedio que decírtelo. Lo más bonito que hay es explicar el baile con el movimiento, con el saber estar en la escena. Cómo se viste, cómo se peina, cómo se arregla… Hay que bailar expresando cosas hermosas. Y en Sevilla ha habido mujeres maravillosas, y hombres maravillosos, que han llegado a ser primeras figuras de España, y que yo los he tenido. No quiero decir nombres, porque, como ellos dicen, son autodidactas…”

– Después de tantos años dedicados al baile. ¿Qué es lo más importante que este te ha dado?

“Me quedo con que, cuando salgo a la calle, con 80 años que tengo, que voy con mi bastoncito porque tengo mal la rótula, un marcapasos y muchas cositas, me saludan tantas personas… Me besan, me paran y me dicen: Ay, cómo ha bailado usted con los brazos, ay lo que usted ha hecho… Ese es el Oscar de mi vida. Eso ha sido y seguirá siendo lo más grande. Tener el respeto y la admiración de un pueblo y de todos los sitios a los que he ido.

“Dios me conserva muy bien la memoria y por eso no me gusta ir a conferencias ni nada de eso. Hay mucho embuste y me avergüenza. Yo soy testigo de las cosas que muchos hablan. Por desgracia para mí, soy la única que queda de una época maravillosa. Pero bueno, me quedo con el regalo de que gente joven como tú, que eres un crío, se acuerden de mí para cualquier cosa. Eso para mí es hermosísimo. Más que todos los premios del mundo”.

Por Luis Ybarra.-

Rob, el bombero de Alaska que trabaja en el bosque escuchando a Moraíto

Resulta emocionante comprobar la cantidad de historias humanas que hay alrededor del del flamenco internacional; dignas de un serial “Flamencos por el Mundo”. Creo que descubriríamos hasta dónde es capaz de llegar nuestro arte en el día a día de aquellos cuya banda sonora es una guitarra o un quejío.  Hoy les voy a contar una apasionante, la de Robert Thomas, bombero de Alaska que corta árboles escuchando a Moraíto.

Estos encuentros suelen ser casuales – o tal vez no tanto, pues hay algo que nos conecta a todos los aficioandos del mundo  – … Lo cierto es que tras un largo período, más del necesario, sin repasar algunos toques de guitarra aproveché una tarde para ir a la Academia de mi profesor y amigo José Ignacio Franco.

Ya en mi puesto me puse a tocar por soleá- si me permitís utilizar este término así de modo tan gratuito – sin pensar en ningún momento que el alumno que estaba a mi lado haciendo lo propio con unas falsetas por bulerías de Moraíto era un bombero de Alaska (Estados Unidos), según me advirtió José Ignacio.

Así que interesado comenzamos a medio entendernos en una suerte de spanghish que es mejor para todos no reproducir. Me dijo que se llamaba Rob y que trabajaba en los bosques de Alaska formando parte del cuerpo de Bomberos; una tarea muy dura y en condiciones extremas que le permitía tener seis meses de vacaciones tras seis meses de arduo trabajo a temperaturas bajo cero. Aprovechando uno de estos períodos vacacionales es cómo había recalado en Jerez porque se confesaba un profundo admirador de nuestro añorado Moraíto y al que muchas veces escuchaba mientras cortaba árboles o venía de apagar un fuego.

robalaskabosque
Robert Thomas en su trabajo por los bosques de Alaska

Seguimos conversando y la verdad es que me llevé una gran sorpresa con sus comentarios ante alguna de mis preguntas; pues el flamenco es algo más que una música es un modo de vivir y para muestras leed que nos ha escrito Robert tal cual:

“Oí el flamenco por primera vez cuando tenía unos ocho años de edad. Mis padres tenían un disco de guitarra española con una canción flamenca. Recuerdo que me afecta en gran medida. Mis padres no sabían lo que era, y sólo tenían una canción flamenca. Escuché por años sin saber su origen.

No escuché el flamenco nuevo hasta doce años después. Yo estaba en la casa de un amigo y alguien estaba tocando la guitarra flamenca. Me recordaba el sonido del flamenco desde hace muchos años, y ahora que tenía a alguien que me dijera todo. He comprado libros y grabaciones para educar a mí mismo.
Cuanto más aprendía, más me enamoré con el arte. Creo la música es un lenguaje de la emoción, y el flamenco habla ese idioma mejor. Ahora estoy trabajando como bombero en Alaska. Yo uso la música para poner mi mente en el lugar adecuado para llevar a cabo lo mejor posible. Cuando estoy conduciendo a un fuego, en medio de un duro día de trabajo, o tratando de relajarse después de un estresante varias semanas, me baso en el flamenco para hacerme función en mi mejor momento. No me falla.
Flamenco es una de las grandes artes del mundo, y no creo que reciba el reconocimiento que merece. Se ha tenido un efecto muy positivo en mi vida. Creo que haría lo mismo por los demás”.
No sé ustedes pero a mí me resulta tremedamente emocionante este relato que narra la grandeza de nuestro arte flamenco. ¡Qué razón tiene el maestro Alfredo cuando nos dice continuamente que el arte flamenco es una “terapia emocional”! Un operario de Bomberos en Alaska a miles de kilómetros de Andalucía perdido bajo la nieve en un inmenso bosque  forestal necesita los toques de una guitarra flamenca del Barrio de Santiago para sentirse bien y hacer su trabajo. Me imagino que como esta habrá miles de historias repartidas por el planeta tierra…
¡Olé y vivan los flamencos de Alaska y del mundo! ¿Cómo dejó grabado el maestro Paco Toronjo: para los sentimientos de la humanidad!

 

Memoria del Compás del Cante (XII): “Enrique Morente, 1995” (entrevista con su hija Estrella)

(Sección de Luis Ybarra).- Los años transcurrían al compás de una distinción que poco a poco iba renovándose. En la XI edición del premio, no solo se elegiría a un galardonado, sino que también se incluiría una mención especial; en este caso, a la Cátedra de Flamencología de Jerez. Asimismo, la estatuilla, que se había posicionado como uno de los reconocimientos de mayor relevancia en el ámbito del arte flamenco, recayó sobre el maestro Enrique Morente. Continúa leyendo Memoria del Compás del Cante (XII): “Enrique Morente, 1995” (entrevista con su hija Estrella)