La Zambomba en Jerez, la pervivencia de un milagro cultural (I)

Con los mejores deseos para estas anómalas Navidades a toda la familia de caminantes, comparto con todas y todos, el artículo que he publicado en el número 163 de la prestigiosa revista flamenca “Candil” de la Peña Flamenca de Jaén sobre el origen y evolución de la zambomba. (Foto por gentileza de Juan Carlos Toro)

Una manifestación muy antigua que no es tan flamenca como muchos creen. Por ello, antes de entrar en el fondo del asunto propongo unas cuestiones preliminares con el fin de ir delimitando los muchos aspectos en los que despliega sus perfiles. Siempre analizándolos desde el punto de vista actual; pese a que la modernidad está devorando las más arraigadas tradiciones populares a pasos agigantados.

Como en otras materias, la primera tarea es buscar la etimología del término que se asocia a esta celebración. Todos sabemos “zambomba” se refiere a un instrumento musical de tradición popular pero su polisemia alcanza a una reunión de personas en torno a su sonido.

La zambomba, el instrumento que dio nombre a la reunión

Si hablamos de un modo técnico la “zambomba” es un instrumento de fricción que consta de una membrana normalmente de gamuza, cuero o piel y es una de las más onomatopeyas más precisas del lenguaje español. Resulta curioso como la palabra imita a la perfección el sonido grave y ronco que se trasmite del carrizo (o caña) a la membrana. No debemos creer que es un instrumento típicamente “nuestro”; pues también se usa en otros países para el desarrollo de su música tradicional. En muchos lugares de España existen reuniones folclóricas, cada vez menos, como la parranda o los aguinaldos que aún la conservan. Se advierte todo esto porque cada región o localidad tiende a hacer “exclusivo” aquello que se le antoja.

Este instrumento, la zambomba, terminó por darle nombre a la reunión musical en torno a ella. Pero en cuestión de nomenclaturas hay otro término que merece la pena destacar y es el de “villancico”. Todo este preámbulo, aunque no se crea, es muy necesario para acotar los conceptos que más tarde iré desarrollando.

La zambomba, como instrumento, dio nombre a la reunión en torno a su sonido grave y ronco. Es uno de los ejemplos de onomatopeya más significativos del lenguaje español.

El villancico y el origen rural de un repertorio

Por “villancico” se entienden aquellos cánticos que solían hacer los villanos (entendido en su sentido más estricto; es decir, como “habitantes de las villas”). Del latín villanus-i , ya en 1605 “villancico” designó primero al labriego que las habitaba y, más tarde, a aquello que cantaban en sus ciclos vitales, no solo el navideño. Estos ritos, que nos llevan directamente a lo folclórico y su naturaleza colectiva, estaban asociados a canciones de temporada, faenas y otros como el carnaval, la Noche de San Juan o la propia Navidad.

El diccionario Espasa recoge con claridad este sentido etimológico y denomina a los villancicos como “tonada ingenua cuya poesía y música inventa el pueblo campesino y que, tomada luego por el artista, su espíritu es de nuevo asimilado por el pueblo y revestido de formas diversas, fluctuando así entre la composición desaliñada y la culta”.

Lo litúrgico como aderezo de lo popular

Los autos sacramentales se representaban allá por el siglo XVI y en ellos coincidían coros de pastores, niños y ángeles que interpretaban el nacimiento de Cristo llegado el tiempo litúrgico del Adviento. Estaban compuestos por estribillos y coplas, algunas de las cuales han podido llegar a nuestros días siguiendo el esquema de pregunta – respuesta: P.- “¿Dime Niño de quién eres/ todo vestidito de blanco?”. R.- “Soy de la Virgen María y el Espíritu Santo”.

Estas representaciones entraron en el pueblo para ramificarse en lengua vernácula, también llamada sermo vulgaris. Los habitantes de los pueblos incorporaron lentamente a su repertorio músicas y melodías propias de la Iglesia junto a aquellas que estaban ancladas en su memoria por medio de la tradición oral.

Interesantísimo libro escrito por los profesores de la Universidad de Cádiz Pedro M. Piñero y Virtudes Atero.

El decisivo sustrato del romancero hispánico

Con independencia de establecer unos límites temporales a la aparición de la zambomba, como coro popular extendido en las celebraciones navideñas, lo verdaderamente decisivo para su evolución y desarrollo es el arraigo del romancero español en los siglos XV y XVI. Tan es así que hoy día en nuestras coplas perdura algo del mismo, que ya es un logro inefable.

Como admite la profesora la Universidad de Cádiz, Virtudes Atero Burgos en el “El romancero y la copla: formas de oralidad entre dos mundos” resulta casi milagroso que “el romancero tradicional haya sido capaz de sobrevivir desde la Edad Media hasta hoy”. Bien es verdad que por su carácter oral nos ha llegado muy fragmentado o cuando no transformado.

El romance tal cual se define como “un tipo de poema característico de la tradición hispana e hispano americana por extensión y propio de la tradicional oral que arraiga en pleno siglo XV con un fuerte acento narrativo sobre muy diversos temas”. La colección de romances pasó a denominarse el “romancero” con una estructura métrica muy familiar: el verso octosílabo de rima asonante con los versos impares libres (que es también norma común en el flamenco posteriormente).

El investigador Luis Suárez Ávila de El Puerto de Santa María afirma por su parte que el romancero, en sus más variadas manifestaciones cantadas y/o recitadas, se constituyó en la “costumbre oral más entrañable del mundo pan – hispánico” pues entró con fuerza en todas las capas de la sociedad.

Ramón Menéndez Pidal (La Coruña, 1869 – Madrid, 1968) Filólogo e historiador español. Verdadero iniciador de la filología hispánica, creó una importante escuela de investigadores y críticos. Obra fundamental para estudiar el romancero hispánico. 

El arraigo del romancero en las capas más populares

Abunda al respecto Virtudes Atero afirmando que en aquella época “el romancero formaba parte del modo de pensar y sentir de los españoles”; hasta el punto de arraigar en su vida cotidiana. En principio, el romance tenía un contenido muy “noticiero”. Imaginemos su papel en pleno siglo XVI ante la falta de medios de comunicación de hoy.

El romancero viajó a las Américas donde también ahondó con fuerza. Pero, a finales del siglo XVIII, los temas del romancero comenzaron a ofrecer signos de agotamiento. La mayoría transcurre del carácter noticiero al narrativo y novelesco. De paso muchos de ellos, por mor de la necesidad del pueblo de quejarse a su forma, tiñen sus formas en la sátira y la burla dirigida a la monarquía y el clero…. Este giro produce que el romancero se vaya alojando en las capas menos nobles de la sociedad: “de común gente iletrada y de los campos alejadas de la literatura escrita”, añade la profesora Atero.

Así permaneció el romancero oral: “se había preservado amorosamente en la conciencia del pueblo” hasta su rescate bien entrado el siglo XIX. De forma posterior, el romanticismo “indaga” en la conciencia popular y sus señas de identidad para redescubrirlo. Un capítulo que obliga a citar la inmensa labor de muchos intelectuales, capitaneados por el seminario Menéndez Pidal, que cuidan del romancero como si fueran arqueólogos del patrimonio oral.

Continuará…

José María Castaño @Caminosdelcante


Podéis acceder a todos los contenidos del número 163 de la revista Candil de la Peña Flamenca de Jaén, donde se incluye este artículo, en este enlace a un pdf:

Publicado por

Los Caminos del Cante

Programa de radio y web del mismo nombre que se emite desde Jerez de la Frontera

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