Para el estudio.- Sobre el origen y evolución de las sevillanas (y II)

Para el estudio.- Sobre el origen y evolución de las sevillanas (y II)

En la anterior entrega nos quedamos allá por 1847 cuando la sevillana no tenía esta denominación claramente identificada. Se estaba cuajando una moderna versión de aquellas seguidillas y un nuevo concepto estaba por llegar.  (En portada: Postales y fotos antiguas de Sevilla; FyPaS)

Comprobamos, gracias a las pesquisas en las hemerotecas del profesor José Luis Ortiz Nuevo, que por aquellos años aún las sevillanas se siguen llamando seguidillas. No va a ser hasta 1889 cuando la prensa acuña el término “sevillana”;  ya plenamente implantada en el Real de la Feria. El artículo aparece en “La Izquierda Liberal” del 25 de abril de ese 1889 de modo muy descriptivo: “El rasguear de las guitarras, el repiqueteo de palillos, los cantos llenos de gracia y los movimientos ondulantes de las parejas bailando sevillanas se observaban por doquiera”. (Datos encontrados de nuevo por José Luis Ortiz Nuevo).

A partir de entonces el nuevo concepto de sevillana se haría muy versátil dando lugar a variadas formas dentro de una constante evolutiva, precisamente por ser muy moldeada por todas las capas populares y, más tarde, por el profesionalismo. A lo que se une la gran “contaminación” sufrida por la transmisión oral de sus repertorios muy pegadizos y fácilmente recordables, aunque expuestos a muchos cambios.

Conviene recordar de nuevo a Don Preciso quien afirmaba en su colección: “entre la gente menestral y artesana conozco a una porción de jóvenes de las más bellas disposiciones, no sólo para cantar seguidillas, sino también para componerlas y sean capaces de componer tanta variedad de seguidillas como dan cada año, llenas de buen gusto y melodías si cabe”. En este mismo sentido, algo más tarde, al investigador José Blas Vega quien asegura que “la sevillana es una de las formas que más han evolucionado musical y literariamente” del género donde surge.

Sevillanas interpretadas en 1910 por La Niña de los Peines y Ramón Montoya. YouTube by Iliturgitano

A finales del s. XIX, van a aparecer las primeras grabaciones, desde los primitivos cilindros de cera a los discos de pizarra de 74 r.p.m pasando por los monofaciales, también confeccionados con ese mineral. Nos encontramos con algunas muestras que nos hablan de un carácter más acelerado cuanto bailable y muy sometidas a los moldes rítmicos. Ya entonces mostraron en el mercado un éxito innegable, como le acompañará hasta hoy, basándose principalmente en sus estribillos entre los que aparecen: “Y eso lo dijo / uno que estaba arando / en un cortijo”, el archirrepetido “Ría/Pitá”, así como el celebérrimo “Lo tiré al pozo, mi arma, lo tiré al pozo” que ya aparece en las primeras versiones grabadas por Pastora María Pavón Cruz “La Niña de Los Peines”, entre otras.

A partir de entonces se establecieron multitud de variantes como las llamadas “sevillanas corraleras”, dotadas de una temática muy doméstica y donde abundan piropos, asuntos de vecindad y satíricos. Ana María Durand – Viel, autora del tratado “La Sevillana”, registra las siguientes variantes de estilo: boleras, corraleras, de cruces de mayo, bíblicas, marineras, litúrgicas, rocieras y de escuchar.

Coincidiendo con la aparición del microsurco y su mayor implantación en todas las capas sociales (que van a tener una mayor oportunidad de acceder a los discos) y el papel importantísimo de la radiodifusión, es cuando la popularidad llega a su cenit. Se van renovando repertorios y aparecen profesionales ciertamente “especializados” como los Hermanos Toronjo y los Hermanos Reyes quienes van a favorecer a estandarizar las estructuras, normalmente con cuatro cuartetas octosílabas asonantadas y repetición de estribillo de tres versos entre ellas.

La popularidad, al mismo tiempo que la demanda de todo tipo de públicos, genera otro paso junto al ya reseñado del profesionalismo, las sevillanas de autor que producen unas estructuras poético-musicales más complejas, mayor número de versos, nueva instrumentación, el nacimiento de grupos y cierta especialización temática que desembocan en las sevillanas bíblicas y las rocieras de gran calado y popularidad que siguieron el curso de adaptar sus contenidos a ciertas celebraciones festivas, como la Feria y el Rocío, a las que siempre fue cosido su devenir histórico y, porqué no, funcional. En este ítem hay que citar históricas formaciones como Los Marismeños, Los Romeros de la Puebla, Amigos de Gines, Los Rocieros, Los Bayuncos, Los del Río, Sal Marina, Los Choqueros, Los Doñanas…

Interpretación de Camarón de la Isla, evocando a los sanluqueños  Sal Marina con Manuela Carrasco, al baile, en la película “Sevillanas” de Carlos Saura

Luego vendrá con sus fauces el mercantilismo. A nadie escapa que la sevillana es un producto altamente vendible lo que ha marcado algunos hitos y transformaciones. Prueba de ello, es su definitivo boom en la década de los 80 cuando se llega a grabar la nada despreciable cifra de 200 discos por año. Esta inclinación mercantil ha transformado mucho la antigua esencia pues se buscan temas de éxito comercial y comienza a fracturarse definitivamente las sevillanas para escuchar y las orientadas al baile, más vivaces e instrumentadas. La última gran eclosión ha ido pareja a la llegada advenediza de infinidad de coros de sevillanas, uno por cada asociación de vecinos o hermandades.

Sin ser un género flamenco propiamente dicho, a lo sumo aflamencado, no es menos cierto que muchos intérpretes flamencos han sucumbido a los cantos de sirena de este versátil estilo. Así, podemos encontrar grabaciones de artistas como la mencionada Niña de los Peines, Bernardo el de los Lobitos, Manuel Vallejo, La Paquera de Jerez, María Vargas, Manuel Gerena, Camarón de la Isla, José Mercé,  Estrella Morente o Miguel Poveda, entre otros muchos.

El auge de la sevillana, por sus distintos motivos de galanteo, sensualidad y unas grandes posibilidades participativas (no ocurre así con otros géneros) ha saltado todas las fronteras geográficas y raro es el país donde no se bailen o haya academias donde se enseñen. Además su entronque en todas las capas sociales y su presencia en todas las fiestas (incluso discotecas) no sólo aseguran su futuro, sino que además lo garantizan.

Sin ir más lejos, grupos de sevillanas ya han actuado en lugares como el Liceo de la Música en Barcelona, uno de los coliseos reservados al bel canto. Y este es un dato para tener algo más que en simple cuenta.

José María Castaño @Caminosdelcante


Para este artículo se han utilizado el trabajo Evolución de las Sevillanas de Dª Cristina Cruces Roldán, Profesora Titular de Antropología Social de la Universidad de Sevilla y distintos fondos y hemerotecas del autor.

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