En estos días que en Jerez estamos celebrando La Feria del Caballo y, aunque podemos presumir de mucho y buen flamenco en muchas casetas del Real, el cante y el baile por sevillanas vuelve a imponer sus popularidad en todas las capas sociales. Aquí va una aproximación a su origen y evolución hasta llegar a nuestros días. (En portada, antigua estampa de sevillanas en la feria)

En aras a contextualizar comenzaré diciendo que las sevillanas, como hoy las entendemos tienen su punto de partida en el ámbito del baile llamado “de galanteo“, tan común en el folclore pan-hispánico. De ahí, que perdure su carácter bailable aún cuando las nuevas composiciones deriven en otras manifestaciones muy distintas. Hay que tener en cuenta que casi todos sus elementos tienden a “servir” al baile como pieza central, que no única.

Sus primeras estructuras poético-musicales hay que buscarlas en el amplio corpus lírico castellano. De tal modo, entroncan con las primitivas “seguidillas” manchegas y castellanas en general que van adquiriendo, por medio de un proceso “ferial”, unos perfiles estilísticos propios, una cadencia independiente e incluso una temática singular. Es por ello, que se va generando, a partir del tronco común de las seguidillas, un nuevo género que se va a hacer mucho más popular y participativo, en contraposición a las “seguidillas boleras” más bailadas por las clases altas con una mayor estilización y con alguna influencia afrancesada.

Al convertirse Sevilla en una prolongación del Reino castellano, es claro que los bailes tanto populares como los reservados a la clase nobiliaria fueran desembocando a orillas del Guadalquivir, donde todo cobra un dinamismo muy especial. La denominada como “seguidilla de Sevilla o sevillana” va individualizándose casi pareja a la popularización de los festejos feriales. Antes, nos encontramos algunas noticias como la descripción del malagueño Rodríguez Marín, donde afirmaba que “la seguidilla de cuatro versos había tomado individualidad literaria propia en los regocijos populares con una musiquilla ligera y alegre y un baile retozón y provocativo”. Igualmente hay indicios de que “pícaros y marginados” comenzaron a practicar unas estructuras más simples en cuanto a música, adaptadas al carácter festivo de sus celebraciones.

Un paso más en la evolución de la sevillana se produce al añadirle un estribillo de tres versos entre las estrofas de cuatro que le caracterizaban antes del siglo XIX, relacionadas en su mayoría con los sainetes y tonadillas. Su singularidad va a ser más evidente y es cuando aparecen las primeras noticias de “sevillanas” en sí misma. Baste como ejemplo el poema del Conde de Noroña “La Quincaida” (1799) donde se dice “cantó la malagueña y la sevillana”.

Género que, por supuesto, no pasaría desapercibido para los escritores románticos que viajaron por Andalucía describiendo cuanto exótico y singular les llamaba la atención. Así, Davillier afirma en 1862 en su manido “Viaje por España” que en la ejecución de las ya conocidas “sevillanas” eran “casi todos artesanos, pues las personas de la clase alta rara vez se dignan a asistir a los bailes de palillos, es decir, a los bailes de castañuelas”. En clara alusión que la antigua escuela bolera se había transformado en una baile populoso anquilosando su anterior fórmula.

sevillanaspostal
Otro conocido grabado del baile por sevillanas

En esta toma de investidura de su propia esencia va a tener un papel importante la llamada “reglamentación del baile” pues parece que el Maestro Don Pedro de la Rosa, a su llegada de Italia reduce las seguidillas y el fandango a principios y reglas fijas, como se deduce de las afirmaciones de Ignacio Iza de Zamácola, apodado como “Don Preciso” a finales de 1800 y que ya en 1802 comenzó a clasificarlas junto a otros géneros, entonces folclóricos, en su Colección de seguidillas, tiranas y polos.

Pero no va a ser hasta 1847 cuando aparece la primera obra que habla de las sevillanas (en el sentido que hoy entendemos del término) asociado a una determinada actividad dancística “que por entonces se practicaban en cualquier fiesta de vecinos de Sevilla”. Algunos años más tarde el Diario La Andalucía en su ejemplar de 30 de junio de 1858 dice: “Anoche hubo festejo, cante, baile y canto del país en una casa de vecinos de la calle Teodosio… donde brillaban mozas como mosquetas, mozos crúos, bailaores y cantadores de mistorró. La función estuvo tan divertida como pacífica, y al retirarnos a la una y minutos hacia nuestros hogares vibraba en nuestros oídos la siguiente seguidilla…” (Datos que encontró en las hemerotecas sevillanas José Luis Ortiz Nuevo).

Continuará…

José María Castaño @Caminosdelcante


Bibliografía: Para este artículo se ha utilizado, entre otros, el trabajo Evolución de las Sevillanas de Dª Cristina Cruces Roldán, Profesora Titular de Antropología Social de la Universidad de Sevilla y distintos fondos y hemerotecas del autor.

 

 

 

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